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Bernardo Reyes: la disputa de sus hijos

Rodolfo Reyes fue, entre sus doce hermanos, el más afín al espíritu guerrero de su padre Bernardo. Sus delirios heroicos eran para Alfonso Reyes delirios a secas. Ambos hermanos cultivaron una relación ácida y no pocas veces distante. Murieron en fechas próximas sin reconciliarse: uno era sosegado, irónico y "picado por la araña de la poesía", como él mismo se calificó; el otro era de rienda suelta, un Cid sin grandeza (que en buena medida la da la suerte), opacado por la estrella rutilante de su padre.


A la muerte de Rodolfo, su hermano Alfonso (ya consagrado por las letras) le dedicó el dudoso homenaje de una octava de metáfora sincera: "te cegaba tu propia bizarría / y te fuiste detrás de tu reflejo / como el que se perdió por el espejo".


En la madrugada del 9 de febrero de 1913, después de seis meses de prisión en Santiago Tlatelolco, Bernardo Reyes escapa para embestir las puertas del Palacio Nacional y se le incorpora Rodolfo con una brigada. Alguna vez le reprochó Alfonso a su hermano ser el instigador suicida de su padre: la hazaña postrera de Bernardo Reyes era una derrota anunciada, una más de la Decena Trágica.


Dice Alfonso: "Yo hubiera querido -- y mi ternura se atrevió a sugerírselo -- verlo consagrado a escribir sus memorias cuando regresó de Europa, en vez de verlo intervenir a destiempo en los últimos acontecimientos que lo condujeron a un final trágico".


La víspera, Rodolfo espera a su padre afuera de la prisión con una chaqueta de cazador y una gorra de piel, en las antípodas del uniforme militar. Carga la proclama utópica dictada por el general Reyes, para imprimirse un día después. Monta un potro azabache de gran alzada. Su indumentaria le da un aire más a modelo fotográfico que a insurrecto heroico. Su padre, en cambio, es otra cosa: pantalón y traje de paño, camisa blanca de lino, botas y calcetas negras. En el ojal, el clavel rojo que lo identificaba. Había mandado pedir la ropa a sus familiares de su casa en San Cosme, un día antes.


"No se tira sobre un hombre que habla" alcanza a decir el general Bernardo Reyes antes de morir acribillado: olvida que las frases célebres inmortalizan (a veces) pero no blindan de las balas. Rodolfo salva la vida huyendo al Zócalo. Cae herido de muerte su potro azabache, de gran alzada. Rodolfo saca de la faltriquera la proclama, que ya es prematura letra muerta (hoy extraviada sin remedio). Y escapa.


Quizá Alfonso Reyes tenía motivos válidos para acusar a su hermano Rodolfo de soliviantar a su pobre padre. Pero valdría por un momento al menos, ponerse en los zapatos de Rodolfo, para abrir una ínfima especulación: el general Bernardo Reyes, prisionero, solitario, divagaba en una melancolía extrema. Sufría cada tarde de fiebres palúdicas. Escribía unos alegatos desdichados al Tribunal de Guerra que cubría su caso.


Rodolfo era un hombre arrojado al mesianismo, pero poseía una inteligencia aguda, como todos los Reyes. Probablemente (¿por qué no?) entendió que su padre enfermo y asfixiado por su íntimo drama, avanzaba a un callejón sin salida: pálida sombra de una sombra. Y cuando no resta más que el precipicio, hay que dar un paso al frente. Suicidio asistido. Buen hijo, Rodolfo alentó a su padre a adelantar su destino, en un lance tan inútil como poético. Y se fue con él, detrás de su reflejo, para perderse juntos por el espejo heroico.