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Carlos Fuentes: de atrás para adelante

Mi tesis es que el mejor Carlos Fuentes es el de su primera etapa como novelista, con la publicación de Terra Nostra en 1975. Para dejar clara esta división, narro su trayectoria intelectual, de adelante para atrás: de la peor etapa (con "La voluntad y la fortuna de 2008) a la mejor (con Aura y La muerte de Artemio Cruz, ambas de 1962).


En mayo de 2012, muere Fuentes en olor de multitud (que es la versión secular del olor de santidad). Pero tres años antes, al cumplir sus ochenta, es consagrado como la gran figura pública de México (no precisamente una consagración literaria). Seminarios, mesas redondas, homenajes en vida, lectura del autor en el Auditorio Nacional ante 5 mil personas. Un celebritie poco leído pero muy reconocido. ¿Por qué?


Sus últimas novelas (a partir de los años noventa, pero quizá poco antes) no son novelas, sino un batiburrillo de ensayos sociológicos, lugares comunes sobre la mexicanidad, referencias cinematográficas, simbología azteca, flujo narrativo que se estanca en salidas de tono, lecciones de urbanismo, regodeo retórico y personajes- guiñol por donde asoma la mano del escritor narcisista que quiere, a toda costa, ilustrar, educar, sermonear.


Sin embargo, algunas de sus no-novelas funcionan. Operan bajo el código metanarrativo del entretenimiento. Fuentes quiere que lo lean. Sus artefactos lingüísticos sujetan al lector de la mano y lo llevan a lugares fantásticos, con personajes absurdos, situaciones ridículas: el "campo magnético de irrealidad" que Fuentes ha levantado en torno suyo. La Edad del Tiempo es, a estas alturas, un cúmulo narrativo desaforado, pero no ilegible.


Adán en Edén (2009), por ejemplo, induce al humorismo involuntario. Una obra menor, de un intérprete de la actual realidad mexicana que ya no está en el campo de batalla, sino parapetado en el cómodo torreón hogareño, con lecturas de segunda mano sobre la trata de menores y el narcotráfico. Una dualidad violenta entre un millonario Adán Gorozpe y un jefe de policía corrupto, Adán Góngora. Más arquetipos que personajes.


La voluntad y la fortuna (2008), obra mayor, es seductora pero inconsistente; su andamiaje imaginario no se sostiene en pie: comienza como novela negra, con una cabeza cortada ("la numero mil en lo que va del año") que nos narra en primera persona, su historia personal. Y uno infiere, por el crimen organizado que aterroriza a la población en aquellos años y en los actuales, que Fuentes al fin nos dará pistas sobre cómo y cuándo se descompuso México. Pero no.


El autor supone que la crisis institucional se da únicamente por el duelo íntimo del Presidente con el principal magnate de la telefonía celular (favor de no confundir al verdadero Carlos Slim con el imaginario Max Monroy). En ese cruce de espadas entre gigantes (que hablan como filósofos renacentistas), llevamos las de perder el resto de los habitantes.


Josué Nadal, él personaje principal contempla una estatua de Vasco de Quiroga, y el fraile le platica su vida en favor de los indígenas. Josué lee a Maquiavelo, y el florentino le sintetiza su doctrina sobre el poder. Josué visita la casa de un amigo, en el Pedregal y nos explica cómo se fundó esa colonia. Josué se topa con una tal Lucha Zapata, que intenta robar un avión en el aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y ningún policía la detiene.


Los pocos capos del narcotráfico que de refilón, (por no dejar), se aparecen casi al final de la novela, no rafaguean cristianos con las automáticas "cuernos de chivo" sino con las semiautomáticas R-15 o M-16 y disparan con .357 Magnum, como en las películas de Harry el Sucio. Un mundo de mentiras. Pero mi experiencia personal pasa por el suspenso de saber, hasta el último capítulo, quién le cortó la cabeza a Josué. Y la revelación es tan disparatada, tan jalada de los pelos, que uno suelta la carcajada. He caído una vez más, como inocente, en el "campo magnético de irrealidad" de Fuentes.


Sin embargo, para ese entonces, el magisterio cívico del escritor es tan contundente, y tan genuina su generosidad para las nuevas generaciones de escritores, que cualquiera se siente tentado a ver en Fuentes nuestro modelo de mexicano perfecto. Cosmopolita, políglota, erudito, un artista de cine sin serlo, y el más grande escritor nacional sin tampoco serlo.


A mediados de los años 80 y principios de los 90, surge el deporte nacional de criticar a Carlos Fuentes. Ganaba prestigio el que mejor lo hiciera. Enrique Krauze pública en junio de 1988 en la revista Vuelta de Octavio Paz el ensayo "La comedia mexicana de Carlos Fuentes", que en inglés aparecería en The New Republic bajo el título "The Guerrilla Dandy".


Ayuno de exégesis literaria, Krauze acorrala a su presa en el rincón de la historiografía. Acusa al dandy de pésimo historiador, profesión que el escritor nunca asumió, al menos no de forma deliberada. Por ejemplo, La Campaña (1990) es una parodia de la novela histórica. Cristóbal Nonato (1987), que Fuentes escribió en Cuernavaca, Darmouth College y Princeton, New Jersey, es una ucronía, una novela histórica que no pasó, en vena humorística. Ambas obras son hijas de Terra Nostra (1975), la novela total de Fuentes, abrevadero imaginario en donde la historia estalla en pedazos. Terra Nostra consuma y consume la novela histórica al uso. La identidad española y azteca, simbolizada por el Templo Mayor y El Escorial, Moctezuma y Felipe II, es un espejismo, un juego de dualidades y suplantaciones. Mesoamérica y España mezcladas en un mismo tropo.


Fuentes pública su novela total el mismo año en que acepta ser embajador en Francia, representando al nuevo gobierno (después desprestigiado) de Luis Echeverría. Fueron 26 meses en esa legación, que reforzaron en Fuentes su faceta de compañero de ruta del Estado mexicano ("Echeverría o el fascismo" sería su frase tristemente célebre). Desde entonces recibiría todas las prestaciones, emolumentos, premios y estímulos del régimen autodenominado "de la Revolución Mexicana". Una hermandad curiosa, de beneficios mutuos, que contradice la crítica literaria más devastadora a la corrupción de los gobiernos revolucionarios y mandato de los generales devenidos en millonarios (del caballo al Cadillac; de la Toma de Torreón a Las Lomas). Me refiero a La muerte de Artemio Cruz (1962), la novela más punzante de Fuentes.


Artemio Cruz es el arquetipo mexicano que rompe sus propios moldes y se suma al redil de los personajes casi corpóreos de la mejor tradición novelística, la incorporación de las más modernas técnicas narrativas y su correlación con el cine (Cruz es la versión del Altiplano mexicano del Ciudadano Kane norteamericano).


Ese mismo año, como campo paralelo, o como mirada al otro lado del espejo de Artemio Cruz, Fuentes pública Aura, que pudo adolecer de las peores manías de Fuentes (simbolismo acartonado, pasado latente, dualidad de identidad), pero que en esta novela corta embonan como maquinaria de relojería. Aura bastaría para que Fuentes ocupara un lugar excepcional en la narrativa de América Latina o del territorio indoafroamericano (como le gustaba decir al propio autor), sin necesidad del derroche posterior de su talento. La centenaria Consuelo, Felipe Montero y sus dobles fantasmales, son figuras que perpetúan el laberinto de la soledad mexicana. Esos intercambios de identidad, esas dualidades paradójicas, también las encarna madre e hijo en la novela Zona Sagrada (María Félix y Enrique Álvarez Félix, júnior convertido literalmente en perro de su progenitora) y en los dos parejas viajeras a Veracruz que por azar pernoctan en Cholula de la novela Cambio de piel, ambas obras de 1967.


En 1958, corre el rumor de que el buen narrador que es el joven Carlos Fuentes tras la publicación de su libro de cuentos Los días enmascarados, dará a luz su primera novela, como versión literaria de los murales de Rivera, Orozco y Siqueiros. La región más transparente quizá no sea la novela urbana de la mexicanidad, pero sin duda es la crónica más abarcadora de la Ciudad de México. Su técnica de ensamble, conjunciones y disyunciones, su coro de voces, son más herencia de la escuela plástica del cubismo, que de los frescos que ilustran la historia de México. Solo quienes hallan vivido lo suficiente en la Ciudad de los Palacios, aprecian en su justo valor esa condensación narrativa de todos los rincones, aromas, imágenes, psicologías y tradiciones que se amontonan en un mismo tiempo y espacio. "En México no hay tragedia; todo se vuelve afrenta".


Esta primera novela pudo ser escrita por un muchacho ambicioso, multifacético, de izquierda, que vivió el New Deal de Roosevelt, en Estados Unidos, el Frente Popular de Pedro Aguirre, en Santiago de Chile y el régimen de Lázaro Cárdenas en México; un muchacho itinerante, nómada, gracias a la profesión diplomática de su padre, Rafael Fuentes, jalapeño de origen alemán, ateo y liberal, y una madre, Berta Macias, que lo llevó a conocer el cine, con el mismo asombro del coronel que lo llevan a conocer el hielo. Carlos Fuentes nació el 11 de noviembre, de 1928.