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El tamaño no importa en una ciudad chaparra


Con la Torre KOI, San Pedro estrenó su primer rascacielos (“macroinmuebles megaaltos”, les apodan aquí los regios ignorantes). 279 metros de altura para ser uno de los edificios más elevados de América Latina. No es la primera vez: a principios de los años sesenta otra Torre Insignia, llamada Banobras, se irguió con su forma de prisma triangular en la ciudad de México, justo en Tlatelolco, aunque su altura no rebasa los 130 metros (dimensión considerable para aquellos tiempos).


Los sampetrinos quisimos impresionar al mundo con un rascacielos “medianito” pero nos falló el tiro. La firma Gordon Gill Architectura inauguró en 2018 en Yeda, Arabia, Saudita, una construcción vertical de más de un kilómetro de altura, muy por encima de los 828 metros del hasta ahora más grande del mundo: Burtj Khalifa, en Dubái. O sea, hay que ponerle más metros a los metros si queremos “apantallar” globalmente.


Hace años, unos empresarios de Panamá me invitaron a conocer el Trump Ocean Club Internacional (284 metros de altura, de los edificios más grandes en América Latina). Opiné entonces lo mismo que ahora: construir rascacielos en un entorno de edificios chaparros, suele provocar un impacto contraproducente; desagradables en vez de armónicos; parches en el cielo que opacan los alrededores, sin asimilarse a ellos, por lo que se vuelven brutales en el peor sentido del término. Eso está pasando con la torre T.O.P. (305 metros y 67 pisos) en el Obispado.


De no atender el arte visual antes que a su mero estiramiento faraónico, un rascacielos acaba por blasonar la arrogancia privada. A cada metro de altura se le empalmará la vulgaridad del gigantismo. Una especie de machismo estético que, con el pecho salido y los hombros echados para atrás, reta la discreción del paisaje. Si “lo bueno, breve, dos veces bueno”, decía Gracián, entonces si lo malo, altísimo, dos veces malo.

Eso, descontando que un edificio de tal magnitud acarrea riesgos de seguridad, es mero alarde mercantil y concesión a las leyes de uso de suelo. No es casualidad que los chinos –ejemplo de pueblo actual con pésimo gusto arquitectónico tras siglos de excelencia como constructores – ostenten en su país más de 400 edificios nuevos tan desmesurados como feos.


En Monterrey estuvimos a punto de librarnos de los prejuicios del gigantismo visual: pero con la torre T.O.P. que rebasa nuestra situación límite, donde lo grandote equivale a lo innovador. Y no es lo mismo.


Una moda no es por fuerza mala si cuidamos las formas y mantenemos la estética de la mesura, advertencia válida en esta tierra norteña tan propensa a romper records globales como la rosca de reyes más grande de todos los tiempos, la carne asada más concurrida que se tenga noticia y el machacado más abundante en cualquier lugar del planeta donde se cocine machacado.


Esperemos que no pase lo mismo con la arquitectura, arte tan respetable como el culinario.