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Enrique Dans: contra la publicidad en los espacios públicos

Escribe Enrique Dans en su blog: un muy interesante artículo en The Guardian, «‘Advertising breaks your spirit’: the French cities trying to ban public adverts«, da cuenta de los esfuerzos de varias asociaciones ciudadanas francesas, que se remontan ya a hace varios años, por prohibir la progresiva colonización del espacio público en las ciudades por parte de formatos de publicidad que, además, con la cada vez mayor abundancia de pantallas de vídeo de gran formato, toman un cariz progresivamente más intrusivo.

Asociaciones como Résistance à l’Agression Publicitaire (RAP), fundada en 1992, o Soutien aux Déboulonneurs(Colectivo de Desmanteladores, en Lille, con un manifiesto traducido a español e inglés), justifican sus acciones de desobediencia civil contra la publicidad exterior en varias ciudades francesas como un intento de evitar la exposición constante a unos mensajes sobre productos que no tenemos y que nos producen frustración en unos espacios públicos compartidos que no tendrían por qué ser utilizados para ello.

Si hace años se luchó, con resultados bastante desiguales, contra la proliferación de vallas publicitarias y otros tipos de publicidad exterior, la realidad es que a estas alturas, caben muy pocas dudas de que los intereses económicos y la industria publicitaria parecen haber ganado la batalla. Resulta imposible salir a la calle sin estar constantemente expuesto a mensajes publicitarios de todo tipo que nos distraen, desde enormes lonas en fachadas de edificios, hasta pantallas que alternan mensajes cada escasos segundos, que nos distraen y roban nuestra atención cuando conducimos o caminamos. Hablamos de sociedades en las que la publicidad vive inmersa en un «vale todo»: lo mismo te dejan folletos en el parabrisas de tu coche, que tienden a terminar invariablemente ensuciando la calle, que te llenan el buzón sin que ninguna regulación o control sea capaz de imponer limitación alguna, que te asaltan cuando intentas utilizar el transporte público o simplemente cuando caminas por la calle.

La normalización de esta invasión, debida a intereses económicos tanto de entidades públicas como privadas, no debería llevarnos a pensar que tenemos que resignarnos a ella. Pretender que semejante uso del espacio público es normal supone ponerlo todo en función de esos intereses económicos: las calles son espacios públicos, y deberíamos reclamar nuestro derecho a no ser constantemente acosados por la publicidad en ellos. Estas asociaciones francesas han conseguido ya que ciudades como Grenoble se hayan planteado sustituir espacios destinados a publicidad con árboles o con tableros de anuncios para uso público, y pretenden seguir con sus acciones, a pesar de las ocasionales multas que reciben. En París, una petición de Greenpeace intenta evitar que las pantallas de vídeo publicitarias en lugares públicos sigan proliferando.

¿Qué deberíamos plantearnos para poner bajo control la constante invasión de la publicidad? En primer lugar, reclamar control sobre lo que es nuestro, como los parabrisas de nuestros vehículos o nuestros buzones. Que cualquier empresa se sienta autorizada, simplemente malpagando a un tipo, a pasearse por nuestra ciudad llenando de basura nuestros coches o los buzones de nuestras puertas sin que podamos hacer absolutamente nada para evitarlo es algo completamente alucinante, un evidente abuso contra el que nadie parece estar dispuesto a actuar. Pero yendo más allá, deberíamos tener la posibilidad de frenar la codicia de ayuntamientos, asociaciones de vecinos y empresas de transporte público, que venden todo espacio disponible sin la más mínima consideración ya no solo estética, sino de nuestro derecho a no ser bombardeados constantemente con mensajes publicitarios. Cuando navegamos por la red, podemos al menos utilizar filtros para bloquear la publicidad (y es una experiencia, además, que recomiendo poderosamente), pero esa opción no existe cuando simplemente salimos a la calle y paseamos por nuestras ciudades. ¿Tiene algún sentido que sea así? ¿Por qué no podemos, como ciudadanos, defendernos contra una invasión cada día más ubicua y molesta?