Joana: libro de poemas de Joan Margarit



Tenía muchos años que no me estremecía hasta los huesos con un libro de poemas. Pero este del catalán Joan Margarit, titulado “Joana”, sobre los ocho meses que duró la agonía de su linda hija, con Síndrome de Down, me ha provocado un llanto largo e irónicamente sanador. Margarit ha sabido hacer con sus poemas una forma de consuelo para cualquier lector, de cualquier país, de cualquier edad. ¿Qué mas puede uno esperar de la poesía? Aquí transcribo tres de los poemas dedicados a Joana:


“NO HAY MILAGROS


Llovía con desidia.

Diecinueve de octubre, las nueve de la noche.

Joana iba asustada hacia el quirófano

en nuestra compañía.

Cuando entró nos quedamos a esperar

en la salita mal iluminada junto a los ascensores.

Cuentan que en un intento

de salvarse le dijo “te quiero” al cirujano.

Creíamos que un hada podría devolvernos

a Joana, tranquila, la de siempre,

con sus confiados ojos centelleantes.

A las once, mirábamos

las gotas de la lluvia en el cristal

como si resbalaran por la noche.

La noche era una hoja de guadaña.”


“OCÉANO ATLÁNTICO, 1956


Prefería el mercante, su soledad. Estaba

envuelto en el silencio. Parecía

que navegaba sin tripulación,

y que el mar era un barco,

mayor aún, de mármol, que lo balanceaba.

Era maravilloso salir a la cubierta,

entre cajas de plátanos: su peso

hundía el barco hasta la misma línea

de flotación, en medio de las olas como montes.

El mercante, a veces, se escoraba:

parecía atender alguna voz del mar.

Tenía un camarote

con una cama grande de metal y una mesa,

las dos muy bien clavadas en el suelo.

Como mi alma a la muerte de mi hija.

Eso digo. Y también que daría mis ojos

por emprender el viaje de retorno con ella.”


“MIENTRAS TÚ DUERMES


En la plaza tomada por la lluvia

miro la alta ventana iluminada

que no quiero perder: no he de rendirme

a la condena de la vida.

Este lugar ya no es de la ciudad:

una plaza sin nadie con la luz

de hospital reflejándose en los charcos.

Las puertas automáticas

se abren de vez en cuando y dejan paso

a una oscura figura rutinaria.

Unas muletas cruzan, invisibles, la calle

y se acercan a uno de los coches, el nuestro,

el que nos llevará bajo la lluvia

hacia el silencio del dolor futuro.

Tu calidez efímera.

Triste felicidad la de esta paz

mientras recuerdo que tú y yo teníamos

mañanas que guardaban nuestros ojos.

Me daba tanto miedo

dejarte sola un día.

Por débil y pequeña que en la noche

llegue a ser la ventana iluminada,

éste es mi consuelo:

no habrá más desamparo ya que el mío.”

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