Katy Jurado en Montemorelos


Eloy Garza González // La madre de Katy Jurado era de Montemorelos, Nuevo León. El hijo de Katy se mató ahí mismo, en un camión de volteo, en la Cuesta de Garrapatas. Sin Montemorelos, Katy no hubiera nacido. Con Montemorelos, Katy, la Diosa cansada, murió poco a poco. Hubiera sido eterna y no vieja, la peor manera de ser inmortal a regañadientes. Con su eternidad pospuesta, paseaba por el pueblo, de tarde en tarde, el cabello infinito como noche despeñada, el alma carnal y terrestre, con sobredosis de sensualismo, los pies apachurrando naranjas de olvido, porque a Katy la dulzura la tenia sin cuidado: prefería las piedras que soltaban sus labios insolentes, de mujer fatal. Y las piedras rodaban libres por la plaza del pueblo. “En cinco minutos me voy”, decía impaciente. Y lo cumplía.


A Katy me la topé una vez en Montemorelos, ojazos negros, redondos como norias, frondosa y soberana, envuelta en su mantón de Manila, paseante imaginaria en la alfombra roja de Hollywood, con el Oscar que al final no le dieron. Bob Dylan le dio algo mejor: una canción para tocar las puertas del cielo. Pero Katy era medio atea, o medio bruja o chamana o hechicera, que es otra forma de creer en Dios pero a la inversa.


En la película “Pat Garret & Billy The Kid”, del monstruo Sam Peckinpah, a Katy Jurado le matan el marido, que es sheriff, y el viejo se arrastra moribundo hasta el río. “Mama, quítame esta placa; ya no puedo usarla más”. La mama es Katy, y Bob Dylan le tributa a la mexicana una de sus letras más católicas, antes de volverse católico de a deveras y cantarle rezos a Juan Pablo II, que se quedó dormido con sus arrullos. “Knockin' on Heaven's Door” fue escrita para Katy. A ella, tan emancipada y tan macha para otras cosas, le apenaba confesarlo.


Katy creía en la muerte pero no en la resurrección y la vida le duró más que su biografía. Al final, eligió un ataúd tallado en Olinalá, blanco y oloroso y dijo que lo había metido en su sala de Montemorelos, al lado de las sillas de tule, para usarlo a la brevedad. Pero eran mentiras. Las Diosas siempre mienten. Son embaucadoras. Viven como naranjales secos, que destilan fragancias añejas pero no se quedan en ningún jardín porque aman los páramos.


Una noche, en Tepoztlán, se cruzaron ella y Luis Eduardo Aute. La Diosa bostezó una vez y reinó en su cielo de tequilas dobles y nubes de marihuana, hasta que soltó el conjuro que rompiera el hechizo: “me quedan cinco minutos y me voy”. Aute se inspiró para componerle una canción: “Cinco minutos”, que casi nadie lo sabe pero se la dedicó a la Diosa del celuloide que para entonces ya vivía deprimida con su vejez a cuestas y los recuerdos pesándole como fardo de ayate.


En Cuernavaca, Katy Jurado se fue con sus cinco sentidos intactos (más el sexto que es el sexual), a tocar a las puertas del cielo y aventó por los aires su placa de estrella cinematográfica porque ya no podía usarla más. Con Ericka visité el cementerio, para dejarle no un jazmín, sino unas naranjas redondas y jugosas.

En la tumba de la Diosa olvidada, no existe una lápida, porque se la robaron, y los ángeles de granito que la escoltan, están más muertos de aburrición que ella misma. Me palpé en el pecho la placa de sheriff, aunque no soy sheriff ni tengo placa alguna, y la dejé con las naranjas en su tumba cuarteada: “mama, quítame esta placa, ya no puedo usarla más”.

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