La modernidad llegó a Reynosa un domingo al mediodía



Eloy Garza González // Cuando yo era niño mis papás me usaron como conejillo de Indias para pruebas experimentales de alto riesgo. Es triste confesarlo pero digo la verdad.


Vivíamos en Reynosa en los años setenta y esa mañana mi mamá me apagó la tele para que la acompañara a misa dominical. La capilla estaba enfrente de la casa. Yo desplegué todas mis tácticas de apostador nato, pero me estrellé con la impaciencia de mi madre: “llevas tres horas viendo caricaturas. Ya estuvo suave. Báñate y vístete porque vamos tarde”.


Mi madre era un hueso duro de roer.


La llegada de mi papá me hizo ganar tiempo para redefinir mis estrategias de negociador. Venía de la calle con una caja de regular tamaño y peso consistente. La dejó en la mesa del comedor.


—¿Qué es? — preguntó mi

mamá.


— El invento del siglo — le aclaró mi papá.


Yo me paraba de puntas apoyando las manos en el filo de la mesa, para ver la caja que mi papá abría con lentitud estudiada. Era su forma de crear suspenso. Extrajo el aparato como un mago remata su truco de prestidigitación.


— ¿Y eso qué es? — insistió mi madre.


— Chécale. Con esta palanca se abre. Con este botón se prende. Con este marcador se programa.


— Es un horno. Ya tenemos uno.


— No es un horno. O sea, no es nomás un horno. Es algo más complejo. Es un horno de microondas. Lo usan los astronautas en sus cohetes.


Mi mamá comenzó a sospechar la mala nueva.


— ¿Cuánto te costó?


— Qué importa. Lo compré a plazos. En Montgomery.


— ¿Me quieres decir que fuiste a McAllen a dar el abono del comedor y en vez de eso, te trajiste un aparato raro?


— ... y caro — añadí yo.


Cuando mi mamá se inquietaba, solía limpiarse las manos contra el delantal. Ahora lo hacía sin cesar, una y otra vez.


— El abono puede esperar un mes más. El invento del siglo no puede esperar ni un solo día, ni una hora, ni un minuto — sentenció mi padre, y terminó la discusión.


Supuse que las cosas no acabarían bien, pero como caído del cielo, tocó a la puerta principal el padre Bigotes. Solía llegar de pisa y corre a mi casa, directo al baño, a tomarse un café e incluso una cerveza, antes de oficiar la misa en la capilla. Entró ensotanado y oliendo a loción cara, de Men Shop, y se quedó viendo con fascinación el aparato nuevo sobre la mesa:


— ¡Un horno de microondas! Cojones.


Mi papá recalcó:


— ... el invento del siglo.


El padre Bigotes rodeó la mesa para ver desde todos los ángulos y perspectivas posibles el sofisticado aparato.


— Esto sólo lo venden en McAllen — advirtió en tono doctoral, porque todos los españoles, y más si son curas, son expertos en cualquier cosa.


Mi papá repitió su letanía: “con esta palanca se abre, con este botón se enciende, etcétera, etcétera”. Pero ahora le pidió a mi mamá que sacara del refri algún cocido del día anterior. Mi mamá se decidió a regañadientes por un plato de barbacoa fría. El padre Bigotes tomó el control de la situación.


— A ver, déjenme a mi. Leamos el instructivo. Está en inglés pero yo se los traduzco. Metan el plato en el artefacto. Vamos a programarlo quince minutos.


— Ni madres — dijo mi papá —. No necesita tanto tiempo. Con un minuto basta.


— ¿Un minuto? — preguntó mi mamá.


— Sí — dijo mi padre — Se acabaron los guisos que tardaban horas y horas en calentarse. Eso quedó en el pasado. Bienvenida a la modernidad.


— Pero sí sabes que da cáncer. ¿Verdad? — le advirtió circunspecto el Padre Bigotes.


— ¿Cáncer? — dijimos casi al mismo tiempo, mi papá, mi mamá y yo.


— Científicamente comprobado — razonó el padre Bigotes, quien solía apoyarse en la ciencia cuando la persuasión religiosa no le resultaba convincente —. Los microondas despiden rayos láser, te destruyen las tripas. Por fortuna están frente a un valiente. Esa barbacoa me la comería sin miedo.


Mi padre sacó el plato humeante del horno y se lo pasó.


— Pues pruébala. Toda tuya.


— Imposible. Voy a dar la misa. No puedo ingerir alimentos antes de oficiar la misa.


Mi papá hizo un gesto de fastidio. Mi mamá se le quedó viendo con cara de “conmigo no cuentes”. Fue entonces cuando mi padre volteó a verme amenazador. Sus ojos irradiaban sadismo.


— Cómete tu la barbacoa, hijito — me ordenó.


Solo mi mamá salió valientemente en mi defensa. Me cubrió a sus espaldas, como escudo.


— Eso sí que no. A mi hijo no lo vas a meter en tus experimentos exóticos.


Y limpiaba sus manos contra el delantal, una y otra vez. Listillo como soy desde niño, alcé la voz con determinación precoz:


— Si me dejan ver una hora más de caricaturas, me como esta porquería. Si no, no.

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