Mito en la noche de los vampiros


Eloy Garza González. Soy muy afecto a leer historias de terror, pero no a escribirlas. Sin embargo, los terribles sucesos de los que he sido testigo, me obligan a narrarlos.


Hace algunos días, noté que Mito amanecía en el jardín con unos rasguños en el cuello. Supuse que eran las huellas de su incursión por los granados.


La realidad fue más terrorífica de lo que imaginé. Unos murciélagos anidaron en una columna de cantera hueca, que sostiene la palapa de mi jardín. Tardé buen tiempo en asociar las heridas de Mito con la presencia de estos mamíferos alados en los dominios de mi perro.


De inmediato investigué que existen tres especies de murciélagos: los que acaban con los zancudos, los que se alimentan de frutos silvestres y los orejones que chupan sangre a los chivos y becerros.


Dado que en mi jardín lo más parecido a un chivo es Mito, las posibilidades de que fuera víctima de los vampiros eran enormes. Mi vecino me dio una solución homicida: “ponles veneno para ratas”.


No dormí tres noches seguidas, sometido a la tortura de las dudas. Incluso sufrí pesadillas atroces: soñé con Drácula y su séquito de mujeres vampiro (concretamente con las hermanitas Lorena y Teresa Velázquez, vestidas con sus negligés de satín y luciendo colmillitos sangrantes).


A punto estaba yo de salir una mañana a resolver el caso de los murciélagos metiches, con veneno para ratas, cuando se me atravesó Ericka, convertida en aguerrida defensora de los vampiros y demás seres nocturnos. “Pérate”, me dijo, “leí en Google que a los murciélagos se les espanta con bolitas de naftalina y alcanfor”.


Para no hacerles el cuento largo, ni aterrarlos de más con mi estrujante historia de vampiros, Ericka y yo compramos las dichosas bolitas de naftalina y alcanfor. Las metí por el hueco de la columna de cantera y santo remedio: los murciélagos se fueron a revolotear a otro lado.


#MitoesBello

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